Cuando yo era chico recibía un sol de propina a la semana, con lo cual hubiera podido alimentarme en aquel entonces. Después de una discusión entre varios veteranos, que recordamos aún lo que costaban algunos alimentos en esa época, llegamos a esa conclusión. Esto gracias al plátano. Para hacerlo hubiéramos tenido que comer bonito (baratísimo hace 55 años), mientras el plátano, que costaba 2 centavos (un “gordo”), hubiera podido suministrarnos todas las vitaminas, hidrocarburos y minerales necesarios. Con 85 kilocalorías por 100 gramos, aunque virtualmente sin grasa ni proteínas, los plátanos, con un complemento de pescado barato y aceite, lo hubieran podido sacar a uno adelante.
Es que el plátano, además de ser rico y fácil de transportar y guardar, es un excelente alimento… y barato; al menos en los climas que le son propicios. Esto se debe a que es una planta fácil de cultivar, de rápido crecimiento y con un rendimiento muy alto. Con sólo 10 a 15 meses entre el día en que se planta y la primera cosecha, en algunas regiones rinde entre 16 y 48 toneladas por hectárea. No debe sorprender pues que el plátano sea uno de los cultivos más antiguos, alimento básico en varias regiones y protagonista político.
Cuando los ejércitos de Alejandro Magno, hace XXIV siglos, entraron a la India, se asombraron al ver plantaciones de plátanos. Para entonces ya esta fruta, originaria de Asia, era conocida y cultivada en la parte sud-oriental del continente hasta Indonesia. No se sabe cuando pasó al Africa, pero en 1402 llegó a las islas Canarias, que entonces eran portuguesas, de donde emigró a nuestro continente.
Fue un sacerdote portugués, Tomás de Berlenga, quien trajo el plátano a América. Primero a las islas del Caribe, de donde pasó rápidamente al continente. En varias regiones de Africa el “banan” o “banano” ya era parte de la dieta popular. El nombre le vino del norte de Africa, pues “banan” quiere decir dedo en árabe y con ese nombre lo conocieron los europeos que lo llevaron a occidente.
Además de su forma, única entre las frutas comunes, el plátano es una rareza botánica. Contrario a lo que podría parecer, no es un árbol sino una hierba. Pariente más cercano del césped sobre el cual se juega fútbol que de un rosal o un papayo, el plátano tiene un falso tronco, formado por el tallo compuesto de hojas (como la hierba). Este falso tronco, que remata en una roseta de 10 a 20 hojas, puede alcanzar 6 metros de alto. Con hojas de hasta 3.50 m. de largo (y hasta 65 cm. de ancho) la copa de un plátano puede alcanzar los 9 m. de altura.
Llamado Musa sapientium, el plátano pertenece a las musáceas. Su pariente más cercano (según algunos una variante del “sapientium”) es el “plátano verde” — algo más largo, que no es dulce y cuyas hojas son ovales– llamado Musa paradisiaca. También originario de Asia sur oriental, el plátano verde se usa para preparar una gran variedad de alimentos (harina, frituras, etc.) y hoy es común en los tres continentes. En todos los casos, tanto el plátano común (sapientium) como el verde, ha pasado a ser alimento básico en diversas regiones del mundo, mientras que en aquellas en que no se dá es la fruta tropical por excelencia, durante mucho tiempo un lujo y símbolo de prosperidad.
No es de extrañar que en Alemania –el país que importa más plátanos por persona (25 kg. al año)– se le atribuyera poder político. Cuando cayó el muro, algunos cínicos dijeron que lo tumbó la carencia de plátanos en la Alemania comunista. Cuando Konrad Adenauer era premier, en 1957, liberó de impuestos una cuota de plátanos, para permitir a sus electores gozar algo del resurgimiento económico que estaban experimentando. Hoy la Comunidad Europea tiene un “Protocolo Bananero” que libera de derechos una cuota de plátanos. Esto último es ahora motivo de pleito, pues nuevos miembros de la comunidad –España, Portugal y Grecia– producen plátanos que no compiten con los de Centro y Sudamérica y quieren venderlos en Europa. Pero, más que Europa, Centroamérica fué donde el plátano pesó más en la política.
El peyorativo “República Bananera” tiene una base histórica. Cuando a fines del siglo pasado el plátano entró a los EE.UU. y Europa, rápidamente se convirtió en un artículo de gran demanda que dejaba muy buenas utilidades. La United Fruit Banane se convirtió en una potencia política en el Caribe y Centroamérica, donde ponía y quitaba gobiernos, pagaba mal y ganaba a manos llenas. Por décadas símbolo del imperialismo económico, la odiada empresa decidió cambiar –al menos de nombre– y desde hace cuatro años se llama “Chiquita” (el nombre con el que viene comercializando plátanos desde hace décadas). Por cierto: chiquita no es.
Hay varias razones para que el plátano haya alcanzado la importancia económica que tiene hoy. Además de ser un cultivo rápido y fácil, es un excelente alimento. Hay quienes sostienen que es el alimento natural más completo. Las decenas de millones de toneladas que se consumen cada año –Alemania sola consume 2.5 millones de toneladas– son para muchos pueblos su única fuente de ciertos compuestos alimenticios esenciales. El plátano contiene al peso más vitaminas que la mayoría de las frutas, con gran contenido de caroteno (vitamina A), compuestos del complejo “B”, y una larga lista de minerales.
Cuadro Nutricional del Plátano
Escaso en proteínas y casi sin grasas, el plátano es un complemento perfecto de los alimentos que los contienen, como el pescado o la carne. Existe una gran variedad, con una nomenclatura que varía de un lugar a otro, lo que hace más difícil su clasificación. Nuestro plátano “de Isla” debe su nombre a que según se cree viene de Filipinas, cosa no comprobada. En su peregrinaje al continente americano el plátano pasó por varias islas, de modo que en todo caso el nombre le va bien.
También tenemos el de “Seda”, el de Guayaquil, el “bizcochito”, el “carioco” y varios más. Creo que no hay lector que no haya probado “chifles” o comido plátano frito. Nuestros picarones deben su sabor especial a la harina de plátano y la horrible papilla de “Quaker” que me daban de chico –”muy buena para la salud”– era pasable gracias a las rodajas de plátano que le ponían.
A medida que los valles costeños se han ido urbanizando se ven menos plantas de plátano, pero recuerdo que en una época eran comunes. Hasta ahora la hoja de plátano es la envoltura preferida para ciertos componentes de la pachamanca y los tamales. En varios lugares del Caribe las he visto emplear en techos. El platanal, con sus hojas “despeinadas” y sus cabezas de plátanos verdes me han hecho sentir “en casa” desde Guatemala hasta Brasil, Tenerife y Zambia.
El alto rendimiento del plátano explica en parte su gran extensión e importancia económica. Una planta, en cuyo centro nace la flor, saliendo
del “falso tronco, produce entre 50 y 100 frutos por vez. Una “cabeza” de plátanos de 9 manos puede pesar de 22 a 65 kg. Si a esto se añade que florece todo el año, que plantada de un “rizoma” (tallo subterráneo) en 10 a 15 meses da fruto y dura varios años, es fácil entender su difusión. Es más, aún en climas no tropicales –como nuestra costa– el plátano se cultiva con irrigación sin mayores problemas. Las grandes plantaciones de la parte árida de Jamaica son de irrigación y su fruto compite en Europa.
Por último está la maduración, tal vez el elemento más ventajoso del plátano como fruta de exportación. Cosechado verde, el plátano madura (por calor) fuera del árbol (proceso que se puede acelerar con gas acetileno). Esto hace posible calcular el tiempo de cosecha para que el fruto madure en el transporte. Por razones estéticas –y por no conocer de plátanos– los mercados lo consumen cuando está amarillo y no lo aceptan cuando ha comenzado a ennegrecer (no saben lo que se pierden). Pero así y todo, siempre es rico y, a diferencia de lo que sucede con otras frutas, he podido comprobar que sabe lo mismo en Canadá, Europa y Hong Kong. Si bien es cierto que nuestro plátano “mosqueado” (un poco negro) sabe mejor, a diferencia de los tomates –y tantas otras frutas de aspecto perfecto que en otros climas no saben a nada– siempre sabe a plátano… y es muy rico.